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La literatura de la arquitectura, una conversación con Germán del Sol [Parte I] / Igor Fracalossi

La literatura de la arquitectura, una conversación con Germán del Sol [Parte I] / Igor Fracalossi

Cuando hablamos de Germán el Sol nos referimos a uno de los arquitectos más destacados de Chile. Arquitecto desde 1973, Germán cuenta con importantes obras influencia para muchas generaciones de arquitectos, incluyendo el emblemático Pabellón de Chile para el Expo Sevilla el año ’92.

Ésta, es una exclusiva entrevista concedida al arquitecto brasilero Igor Fracalossi, quien amablemente la compartió con nosotros. A continuación la primera de dos partes:

Después de esperar un breve momento en el salón principal de su oficina, Germán salió de su sala, apareció en el salón donde estaba yo, me saludó y me invitó a acompañarlo a su sala para dar inicio a nuestra conversación. Me senté en el sofá y él se sentó en su silla de trabajo, al frente mío. Le pregunté si se molestaba se yo grabara el audio de nuestra conversación. Me dijo gentilmente que no. Yo no tenía ningún script, ningún enfoque a dar a la conversación. Simplemente conversamos.

[Germán del Sol] Entremos al tiro a matar. La arquitectura es un arte. Todo arte requiere de oficio. Pero arte es ir más allá del oficio. En medio de la crisis y la falta de trabajo de los años ochenta, parecía que todos los problemas de la vida se resolverían con dinero. “Como mi padre solía decir –decía un personaje de la serie Texas–: sólo hay una cosa mas importante que el dinero: mas dinero”. Parecía que todos los arquitectos teníamos que hacer negocio, invertir y hacer obras propias. Teníamos que hacernos comerciantes.

No estoy contra el comercio. Al contrario, creo fue el origen de la ciudad. Pero el arte es absolutamente distinto, y sirve para otra cosa. El arte es esencial para la vida humana, el comercio no. Lo esencial como dice el poeta argentino Hugo Mujica; es la gratuidad que nos hace humanos.

Vengo llegando de un viaje a Cusco, donde las obras más extraordinarias que vi son casi todas inútiles. En la mayoría de los andenes se cultivan alimentos. Pero los andenes más importantes, los que están hechos con más cuidado, los que muestran el esplendor de los Incas, son los que se hicieron en Pisaq para poner flores. ¿Para qué sirven las flores? ¿Por qué se ponen flores en los parques? ¿Para qué sirven los parques? La parte que se pisa del parque sirve para que los grandes caminen y los niños jueguen. Pero la parte del parque que se ve y no se pisa y que tiene flores, una fuente de agua o masas de boj como en Versalles, es la parte más importante. La que hacemos porque somos humanos, es decir, porque aspiramos a trascender la parte práctica de la vida que es simplemente sobrevivir. Porque no es humano contentarse, como el zorzal, con puro comer y cagar.

Por eso, lo más importante en la vida es lo que hacemos para trascender su vulgaridad. Lo hacen hasta los delincuentes. En las poblaciones más bravas de Santiago, las bandas tienen nombres y un sentido de misión, incluso para hacer mal. Están, por ejemplo, “Los Phillips” y “Los Ratones”. Los Phillips roban, pero no matan. Y Los Ratones matan, pero no roban. Unos roban a la gente su billetera y la dejan viva, los otros la matan, pero no le roban su billetera. Si entre quienes aparentemente desprecian la condición humana hay un sentido de misión incluso para cometer crímenes, como no lo vamos a tener los arquitectos que pretendemos darle a la construcción un regalo con la arquitectura. Y que siempre es inútil. Parece inútil. La arquitectura de esta pieza es lo que está encima de nuestras cabeza y que aparentemente es un vacío de cosas, que no sirve para nada.

Cierto día me di cuenta de que la arquitectura parece ser más un estado temporal que una cosa espacial. Cuando uno está utilizando la arquitectura como construcción quizás la arquitectura misma no exista. Solamente en el momento en que uno está contemplando la arquitectura es que quizás ella exista. Tal vez tengas razón. Alguien dijo que nadie ha visto nunca una pieza vacía, o un bosque virgen. Porque en el momento que alguien entra, la pieza no está vacía, ni el bosque, virgen.

Tal vez, las cosas solo existen si alguien las ve. ¿Existe una ruina si nadie la conoce todavía? Quizá, la arquitectura puede existir primero por nostalgia, antes de que se convierta en un lugar. Como respuesta a la necesidad humana de interiorizarnos con la tierra y llevar una vida fecunda a pesar de no saber mucho de nada. No pretendo dictar cátedra, y si me equivoco es de puro cantor como decimos en Chile, y tendré mucho gusto en corregirme. Por eso me arriesgo a contestarte, ¿cuál es el uso de la arquitectura? Por poner un ejemplo, en la escuela de Arquitectura de la U.C., uno no solo espera encontrar salas de clases, talleres y lugares de descanso, sino sobre todo su propio esplendor como alumno. Cuando hay arquitectura, uno ve reflejado lo mejor de sí. Eso puede pasarle en una casa muy sencilla y no pasarle en el Palacio de La Moneda. Si en La Moneda uno solo siente el poder, quiere decir que hay una organización política, pero no hay arquitectura. La arquitectura no puede cambiar la realidad, pero puede mostrar lo mejor de ella. Siguiendo con el ejemplo, en La Moneda tiene que estar presente de alguna manera, lo mejor que hemos hecho los Chilenos en los últimos nueve mil años. Para eso se hizo Brasilia. Para mostrar al Brasil lo que los brasileños eran capaces de hacer: trasladar la capital desde Rio, y centrarla respecto al territorio que querían comprender. Para eso sirve la arquitectura. Para dar lugar al esplendor de la vida humana tal como es cuando se la mira con afecto. Es lo que se espera por lo demás hasta de la plaza más modesta. Porque la plaza no sirve sólo para que los niños jueguen y los viejos tomemos sol, sino para que entre las casas y edificios haya un lugar vacío que no está construido y que somos capaces de dejar intocado para ensanchar el espíritu. En Barcelona tú puedes vivir en un departamento más chico que esta pieza donde estamos. Pero me contarías: “salgo a la calle, donde hay veredas anchas, bares, gente diversa caminando”, y aunque el tópico sea decir que nunca se está más solo que entre la multitud, cuando uno camina solo por la calle, uno se siente acompañado por esos desconocidos que ni te miran. ¿Cuál es la grandeza del espacio público aquí en Chile? Títeres. Obras de teatro, una muñeca gigante francesa, el Cirque du Soleil, y los festivales, películas y conciertos al aire libre. Nuestro espacio público es un espectáculo no un lugar para la vida pública. Si no hay títeres y unos tipos que lanzan llamas por la boca, no hay fiesta callejera. Tal vez somos espectadores de nuestra vida pública, porque tenemos mucho sentido del ridículo para protagonizar las fiestas, y no sentimos el placer de estar sentados mirando pasar la vida sin hacer nada. Es este temor frente a lo vacío, frente a lo que no tiene función. Si uno ve algo que está vacío, siente una obligación de llenarlo.

Tienes toda la razón. Quizá la sociedad contemporánea le teme al vacío porque asocia el placer con la sensibilidad y no con alguna forma de espiritualidad. ¿Por qué marchan los estudiantes? ¿Por qué protestan? Tal vez, porque la sociedad chilena no les transmite a los jóvenes el deseo de aquello invisible, que más que financiarla, le de sentido a su existencia. Y ellos ni siquiera se dan cuenta. Ellos creen que reclaman por dinero. Y cuando les ofrecen dinero, dicen no, no es eso. No saben que tal vez buscan darle un sentido a sus vidas, y la dignidad de sentirse valiosos para los demás. Nada que el dinero pueda comprar. Pero la sociedad les transmitió tácitamente que cuando hubiera dinero para pagarles la educación, ellos iban a ser felices. Y no. ¡No! Pueden darle todo. Trabajo asegurado bien remunerado. Y no les sirve. Tal como dices tú, tal vez lo que se necesita es abrir vacíos para que cada uno los llene con lo que es, y no con lo que tiene. Es lo mismo que hacer una plaza o un parque enorme sin nada, algo que no somos capaces de hacer, porque tendemos a construirlo todo, hasta la orilla del mar. Si alguien propone un parque que sea un plano de maicillo sombreado por unos plátanos orientales, capaz que le digan que no tiene programa, es decir que no sirve para nada.

Eso es lo que hizo Brancusi con la “Mesa del silencio”. Puso los banquillos tan lejos de la mesa, que la mesa no puede ser ocupada como mesa. Es puro vacío. Cuando Brancusi hace un tótem por ejemplo, lo vacía de todo símbolo y lo deja en lo esencial que es el tótem común de todas las culturas. En él se unen las esculturas mapuches con los menhires de Carnac. Brancusi hace un menhir y lo despoja de todo. ¿Para qué lo despoja? No por un acto de pobreza –como se dice- un arte pobre. No. Sino para que tú lo llenes. La mesa sin cosas encima, la llena cada uno con su imaginación. Las plazas vacías en muchas partes del mundo, especialmente en América, se llenan de maravillas; de gente que, con sus deseos, sus esperanzas, sus fracasos y sus sueños, las llena de vida.

Y para no ir más lejos, aquí en Santiago en vez de valorar esos sitios vacíos que están por ahí y por allá perdidos esperando su destino, que no se han vendido, y que son lo mejor de la ciudad, les llamamos sitios baldíos -o inútiles- y las municipalidades quieren obligar a construirlos, porque les desespera que estén vacíos, que es como son más fecundos para la ciudad. Un silencio que desespera, se tapa con música ambiental. Pienso que tú te has dado cuenta de algo, que por lo menos a mí me lo enseñaron, cuando un profesor dijo: hay veces en que lo mejor es no hacer nada.

Una vez yo escuché un actor brasilero que dijo que lo mejor amigo es aquél con quien tú puedes quedarse callado. Claro. La única novia que vale la pena es con quien puedes estar sin hablar. Y el mejor espacio es ese donde con paso del tiempo se ha caído todo lo que sobra, y queda entonces una ruina, llena de potencial para que cada uno imagine lo que quiera. Los espacios llenos están muertos. Cuantas más cabinas de teléfono, caminitos, asientos, plantas y pasto tenga una plaza más muerta está. En cambio, en una plaza vacía caben todos los pasos posibles. Uno puede imaginarla con arena, otro con pasto; uno le pondría árboles, otro, asientos. En una plaza vacía todo cabe. Cuando ya decidiste hacer una cosa, muere la posibilidad de todo lo demás. La potencia se convirtió en obra, y por lo tanto, en obra muerta.

Porque la vida no se acumula. Todo lo contrario en el momento en que el plan de vida se ha cumplido, uno está muerto. Por eso mi madre nos decía que soñáramos con algo que valiera la pena, no fuera Dios a cumplir nuestros deseos. Hay que tener sueños que no se puedan cumplir, para que valgan la pena, porque si se cumplen se acaban. Pero, volviendo a tú pregunta inicial, la poesía es la que le da sentido gratuito a la arquitectura. Es decir la deja abierta para que cada uno vea reflejada en ella su propio esplendor. La poesía no sirve para explicar cómo manejar tu computador. El poeta no sabe bien que entenderá cada cual. Y te incita a ti a pensar una cosa y al otro, otra. Porque no pretende dirigirte. Es una palabra gratuita. No te quiere vender un televisor, ni un programa político.

Es muy importante entender la relación entre la poesía y la arquitectura. Muchos lo han intentado y pocos lo han conseguido tan bien como los escritos de Alberto Cruz y Godofredo Iommi, que son muy difíciles de entender, tal vez porque ellos como maestros Zen, no quieren explicar lo inexplicable, y dejan que cada uno reciba lo que pueda después de un merecido esfuerzo de apertura –porque “vivir poéticamente es vivir abiertos a recibir lo bueno del día”, como dice un genial amigo–.

Porque cuando uno no entiende, y me incluyo, se arriesga a repetir como loro frases que no se comprenden. Y a las escuelas de arquitectura las tienta mucho tener un pensamiento propio. Está muy bien. Pero el pensamiento tiene que ser rumiado constantemente. No puede resumirse en eslóganes fáciles de recordar. Es lo que siento cuando escucho a los comunistas, que más que contestar, repiten frases convenientes para ellos, pero no para el fruto de la conversación, que no es convencer a los demás, sino tratar de entenderlos. Con la poesía, ellos no se pueden meter, porque tiene muchas lecturas que no se puede manipular. No hay casi nadie que se atreva a decir qué es la poesía y cuál es su relación con la arquitectura. Nadie. Por eso no se habla de poesía, pero tampoco de belleza. Entonces, la relación con la poesía se transforma en una volada, como dicen los niños. O como dice Sergio, un huaso vecino, de los alemanes que lo visitaron, “Hablan diferente a uno, uno no entiende nada lo que están diciendo”. Yo percibo por los comentarios anónimos en internet que hay gente joven que no ha leído poesía y piensa que estas ideas son especulaciones de esnobs; que yo soy “un caballero opinando sentado en un sillón”; que para conocer la realidad “hay que salir a la calle”, con parka roja como los pobres ministros en campaña. Y yo les contesto que para pensar uno tiene que sentarse y dejar que las ideas lo asalten sin estar envuelto en la tremenda urgencia de la acción. Jorge Teillier dice que la poesía es una moneda que tiene que estar en todos los bolsillos. También en los tuyos. Y, para no darte la lata, te voy a leer un sólo poema, si no te importa. ¿Tienes un minuto? Voy a buscar el libro. Por supuesto. Este poema se llama “Bajo El Cielo Nacido Tras La Lluvia” y lo leo, porque es fácil explicar su relación con la arquitectura. Dice: “Bajo el cielo nacido tras la lluvia / escucho un leve deslizarse de remos en el agua”. ¿Por qué es poético? Porque siempre observamos la lluvia añorando el sol. Entonces la respuesta como arquitecto es defendernos de ella. Y entender como buena solo una parte de la realidad. No darse cuenta de que para que haya día tiene que haber noche, o que solo pasando un poco de sed se aprecia el sabor del agua fresca. Pensar, por fin los problemas se acabaron: “se acabó la lluvia, no hace falta un techo”. Entonces ¿qué nos muestra el poeta? Que hay un cielo que siempre nace después de la lluvia. ¿Qué ve el poeta? Ve que a veces la lluvia nos muestra el cielo. Que la luz que apagamos nos trae la memoria de luz. Nos muestra que la lluvia es un don, no un problema. Y sigue… “Bajo el cielo nacido tras la lluvia / escucho un leve deslizarse de remos en el agua, / mientras pienso que la felicidad / no es sino un leve deslizarse de remos en el agua.” La felicidad no es algo que se pueda agarrar y guardar. Hay mucha gente que cree que la felicidad o el dolor son momentos muy buenos o muy malos que se guardan en el corazón o en alma. Teillier en cambio dice que “…la felicidad es un leve deslizarse de remos en el agua”. O sea, el remo solo toca la felicidad en el agua, y sale. Y sale mojado, pero sale sin nada. La felicidad no es un montón de agua que tú recoges en un estanque. Es algo que se toca y se va. Entonces uno bien puede decir que la arquitectura es lo mismo. La arquitectura no es la materia que uno puede tocar, sino lo que ella evoca en uno. Es un ir y volver entre la realidad y la esperanza, entre la vida cotidiana y los mejores sueños. Sigue, y entonces dice que “La felicidad es el espacio de silencio / entre mi voz y la voz de alguien”. La distancia que hay entre unas cosas y otras es una experiencia arquitectónica. Está un poco de acuerdo con lo que yo pienso, que la arquitectura es un momento. Claro. La arquitectura se vive en muchos momentos, pero se tiene que proyectar para permitir esos momentos. El uso cambia pero la arquitectura permanece. Hay andenes pre incásicos que tienen tres mil años. Su uso agrícola ya pasó. Pero el cuidado con que están hechos aviva el placer de seguir haciendo las cosas bien, por el puro gusto hacerlas. Entonces, ¿qué podría aprender yo? La poesía te dice que, por ejemplo, que más que los muros mismos, lo que importa es la distancia que hay entre ellos. Es lo que llamamos en arquitectura espacios intersticiales. La distancia que media entre una cosa y otra. El segundo que uno espera cuando siente el trueno, para ver caer el rayo. Por ejemplo, en esta pieza que es muy sencilla, todo lo que a mí me gusta es que la puerta no está en el mismo plano que el interior, porque hicieron este closet que le da más espesor al muro. Este es un ejemplo de espacio intersticial. Un paso. Un paso. Una cosa vacía que no sirve mucho. Y si ese vacío se prolongara un poco sería mejor. Esa es la distancia entre mi voz y la voz de alguien. Un silencio. “Eso fue la felicidad –dice– dibujar en la escarcha figuras sin sentido / sabiendo que no durarían nada, / cortar una rama de pino / para escribir un instante nuestro nombre en la tierra húmeda”. O sea, la felicidad es escribir en la arena el nombre tuyo y el de tu polola antes de que llegue la ola que los borra.

¿Qué significa? Que la felicidad no se retiene. Lo más importante en la arquitectura no se retiene, se tiene que liberar con toda confianza. Los arquitectos somos, por decirte una tontera, los que ponemos la arena en la playa para que la gente escriba sus nombres y dejamos que suba el mar y los borre. Los arquitectos no somos, como creen algunos, los que hacemos un paseo de hormigón en la orilla del mar con corazones con los nombres de muchas personas, y lo defendemos del mar para que dure. Vale la tontería del ejemplo. La arquitectura no es controlar la vida. Es darle lugar. Y darle lugar en la vida a las cosas que hoy día pensamos que no tienen valor como, por ejemplo, que los nombres se borren, que la felicidad o el dolor no se acumulen, que la oscuridad es a veces mejor que la luz, el silencio mejor que la música, la lluvia tan buena como el sol, la compañía y la riqueza tan buenas como la soledad y la pobreza elegidas… Y ¿quién te abre esa puerta, quién te explica que eso tiene valor? Eso es lo que te enseña la poesía.

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Cita: Giuliano Pastorelli. "La literatura de la arquitectura, una conversación con Germán del Sol [Parte I] / Igor Fracalossi" 12 mar 2012. ArchDaily Perú. Accedido el . <http://www.archdaily.pe/pe/02-144171/la-literatura-de-la-arquitectura-una-conversacion-con-german-del-sol-parte-i-igor-fracalossi>