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Comer, pensar y proyectar: la rutina de los principales arquitectos

Comer, pensar y proyectar: la rutina de los principales arquitectos
Comer, pensar y proyectar: la rutina de los principales arquitectos, © Nicolás Valencia M.
© Nicolás Valencia M.

Seas quién seas, hagas lo que hagas, vivas donde vivas y ganes lo que ganes, todos compartimos algo: nuestros días duran 24 horas. Aunque nos parezca que algunos son capaces de hacerlo prácticamente todo lo imaginable en la misma porción de horas que nosotros, cada personaje inspirador de la Humanidad ha moldeado su propia rutina diaria. Algunos más saludablemente que otros, pero ése ya es otro tema. Entonces, ¿cómo gastan sus 24 horas diarias?, ¿hay algo que debamos aprender de ellos?, ¿qué tanto difieren de nuestras propias rutinas?

El libro Daily Rituals del escritor estadounidense Mason Currey, y deudor del blog Daily Routines -también del mismo autor- expone las rutinas de las grandes mentes de nuestra sociedad: desde las lecturas madrugadoras de Peter Eisenman a la erradicación del descanso nocturno de Buckminster Fuller, pasando por las mañanas de pintura de Le Corbusier y las esporádicas siestas de Frank Lloyd Wright.

Revisa la rutina de los principales arquitectos alrededor del mundo luego del salto.

Le Corbusier. Image © Willy Rizzo
Le Corbusier. Image © Willy Rizzo

Le Corbusier lleva cinco horas dibujando en su atelier, luego de pasar la mañana pintando. Se levanta de su asiento, da vueltas mientras reparte órdenes, se vuelve a sentar y apoya su cabeza sobre su puño izquierdo, mientras bosqueja con un trozo de carbón sobre el papel. No ha sido un buen día. Hoy las ideas le salen percudidas. C’est difficile, l’architecture, dice lamentándose y arroja el carbón rindiéndose. Suspira, toma su abrigo, se despide del atelier, se sube a su Simca Fiat de color pistacho y maneja rumbo a casa. Son las 7 de la tarde.

Esta recreación refleja la imperturbable rutina de Le Corbusier cuando se frustraba en la traducción de sus ideas, como revelaría el arquitecto polaco Jerzy Soltan (1913-20005) en “Working With Corbusier”, artículo rescatado también por el blog Daily Routines. ¿Y qué ocurría si las ideas de Corbu fluían con soltura? Según Soltan, “si el trabajo iba bien, si disfrutaba sus propios dibujos y estaba seguro de lo que intentaba hacer, entonces se olvidaba de la hora y llegaba tarde a casa para cenar”.

Vayamos a la mañana siguiente: su rutina se iniciaba al despertar a las 6 de la mañana para realizar ejercicios y pintar. A las 8 am tomaba desayuno y luego se concentraba en sus dibujos arquitectónicos y urbanísticos para transmitirlos en la tarde a su equipo en el atelier parisino. “Es un error asumir que Le Corbusier estaba dedicando este tiempo [en la mañana] a la conceptualización de formas que aplicaba directamente en sus proyectos”, aclaraba el arquitecto polaco, quien defiende que esto “era para él un periodo de concentración durante el cual su imaginación, catalizada por la actividad de pintar, podía sondear profundamente en su subconsciente”. No obstante, esa inspiración arriba al papel y a las palabras cuando menos se le espera, y cada uno maneja sus técnicas para invocarla. Por ejemplo, Bernard Tschumi reconoció años atrás al New York Times que trabaja mejor bajo presión “o bien, vaciando mi cerebro durante el fin de semana. Ese estado en blanco es útil. Es como un atleta antes de una competición”.

Un día de sesenta horas

Coincidentemente, los arquitectos presentes en Daily Rituals comparten el gusto (o necesidad) de despertar de madrugada, como el italiano Gio Ponti (1891-1979), de quien dice su hija, Lisa, que se levantaba a las 5 am para escribir “treinta carta a amigos y colaboradores contándoles que había decidido cambiar esto o ese detalle del proyecto”. Sus rutinas eran tan extenuantes que se jactaba de resumir su vida en un rosario de cifras: sesenta años de trabajo, obras construidas en trece países, veinticinco años de clases universitarias, artículos en las primeras 156 ediciones de su revista (Domus), diseños industriales para 120 empresas y mil dibujos arquitectónicos. Esta colosal producción hace creer a Lisa Ponti que su padre estrujaba 60 horas de trabajo en un día común y corriente.

En una entrevista en 2003 al The New York Times Magazine, la célebre dupla Venturi y Scott Brown comentó que ambos despertaban a las 5 am para ver televisión y organizar las notas dejadas la noche anterior. Peter Eisenman confesaba ese mismo año que su “mejor hora para pensar y leer es entre 5.30 am y 7 am”, mientras que Daniel Libeskind ejercita una hora entre las 6 am y las 7 am, para luego beber una taza de café y escuchar música clásica, mientras que a la noche, alrededor de las 10 pm, se reúne con su familia a “comer, relajarse y hablar sobre otras cosas que [no fueran] trabajo”.

Robert Venturi y Denise Scott Brown. Image © Frank Hanswijk
Robert Venturi y Denise Scott Brown. Image © Frank Hanswijk

Sólo quiero decirle una palabra, una nada más: café

Esta bebida, buen amigo del arquitecto(a), es también el elíxir de varias mentes inspiradoras, quienes lo ingieren sin la moderación que cualquier persona consideraría (o cree considerar). Señala Currey en su blog que la cafeína “es una rara droga que tiene poderosos efectos: ayuda a enfocarse, ahuyenta la somnolencia y acelera la velocidad de acción en las nuevas ideas”. Si bien entre arquitectos, el café es muy popular por estas virtudes, entre las rutinas de las mentes inspiradoras y altamente dependientes de la cafeína, se destaca la del novelista francés Honoré de Balzac (1799-1850, “La comedia humana”), quien despertaba a la 01 am para sentarse y escribir siete horas seguidas. A las 8 am -cuando Eisenman y Libeskind siglos más tarde ya estarían camino a la oficina- Balzac se permitía una siesta de hora y media, para luego volver a trabajar de 9.30 am a 4 pm, bebiendo una taza de café tras otra, en una terrible secuencia calculada en 50 tazas diarias. Autodestructiva tradición que le pasaría la cuenta a los 51 años cuando un ataque cardiaco lo tumbó. 

La siesta de Frank Lloyd Wright

La tradición de la siesta -arrancada de cuajo en las grandes ciudades por quebrar la jornada laboral, limitar el consumo y aparentemente entorpecer el rendimiento de las empresas- fue aprovechada y reformulada (era qué no) por los arquitectos de antaño: Frank Lloyd Wright, madrugador por excelencia, se levantaba a las 4 am para trabajar tres horas y luego dormir una siesta. Comodín al que volvía a recurrir durante la tarde, aunque fuera en una “banca de madera o una repisa de hormigón”, según Daily Rituals.

Mas la idea de la siesta como transición entre las dos mitades del día fue aprovechada por algunos arquitectos para extender sus jornadas laborales, o en casos más dramáticos, para erradicar eso de dormir tantas horas seguidas durante la noche. Según Currey, en su época como profesor en la Universidad de Pennsylvania, Louis I. Kahn dormía en la tarde luego de volver de sus clases, para “iniciar un nuevo día de trabajo” a las 10.30 pm en su oficina ¿Y si atacaba el sueño? Dormir en una banca y luego volver a trabajar.

Louis I. Kahn. Image © Lionel Freedman. Yale University Art Gallery Archives Transfer
Louis I. Kahn. Image © Lionel Freedman. Yale University Art Gallery Archives Transfer

Buckminster Fuller, creador de la Casa Dymaxion y los domos geodésicos, llevó al extremo el uso de la siesta en los años treinta: determinó “que los patrones humanos de sueño no eran prácticos para la vida moderna”. Si se forzaba a dormir menos, podía trabajar mucho más (un ferviente deseo para muchos colegas en la actualidad): por cada seis horas de trabajo, dormitaba media hora. Una técnica que efectivamente resultó por cierto tiempo, hasta que su esposa se quejó por la nula compatibilidad con los horarios familiares. Claro, el factor afectivo que muchos dejan de lado.

A final de cuentas, y por más descabelladas (o sensatas) que resulten algunas rutinas, hay algo que coincide entre las jornadas de los 161 hombres y mujeres recopiladas en Daily Rituals: estructuran una rutina en función de sus necesidades espirituales (dar una caminata, leer, ejercitar), sociales (responder cartas, conversar con amigos, cenar con la familia) o laborales (escribir, proyectar, pintar, corregir). En la medida de lo posible, todos ellos construyen sus horarios en pos de realizar el mejor trabajo posible, por la pasión que finalmente los empuja a levantarse tan de madrugada como a Eisenman o a pintar como Le Corbusier para buscar la inspiración, esa musa tan caprichosa y antojadiza entre los arquitectos.

Porque sí, la inspiración existe, pero como dice Picasso, tiene que encontrarte trabajando.

Buckminster Fuller. Image © Dennis Stock/Magnum Photos
Buckminster Fuller. Image © Dennis Stock/Magnum Photos
Cita: Nicolás Valencia. "Comer, pensar y proyectar: la rutina de los principales arquitectos" 29 abr 2014. ArchDaily Perú. Accedido el . <http://www.archdaily.pe/pe/02-357040/comer-pensar-y-proyectar-la-rutina-de-los-principales-arquitectos>