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No es nada personal con el color amarillo, pero seamos sinceros: estábamos saturados de la monotonía. Amamos el amarillo, pero no cuando es usado sin gusto y con corrupción. Nos gusta el amarillo tan natural en Lima como el de la imagen que encabeza este texto; ese de tono tierra, el de cada atardecer, el que brilla como el sol. Estos últimos años nuestra ciudad ha estado forzosamente invadida de este color: escaleras amarillas, puentes amarillos, muros amarillos, rejas amarillas… quizás demasiado. Y si ciertas obras no eran amarillas en sí, las intenciones detrás venían cargadas con un tufillo de esa tonalidad. “Un amarillo puede ser radiante o hiriente”, bien lo dice Eva Heller en la psicología del color. Y entonces ha sido inevitable que lo radiante se desvanezca, y se torne hiriente la estética bandera de la reciente gestión municipal (2015-2018). Por su visión a corto plazo en la planificación urbana, sin noción de espacio público y áreas verdes, por su silencio incómodo y no diálogo para con los ciudadanos, por su desidia e individualismo, entre otras faltas. Definitivamente, lo amarillento ya no sólo era de la pintura plástica que identificaba sus obras como la marca del zorro; sino que se percibía en el aire, con cada gesto o hasta con su mudez. Todo se ha visto difuso en amarillo, acompañado de la cruda realidad en blanco y negro, arrebatándonos la naturaleza de coloridas posibilidades. Ver más Ver descripción completa
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