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¿Qué es lo huachafo en la arquitectura?

  • 16:00 - 3 Mayo, 2016
  • por Cristina Dreifuss Serrano
¿Qué es lo huachafo en la arquitectura?
¿Qué es lo huachafo en la arquitectura?, Vivienda informal en su tercera etapa. Image © Mauricio Jumpa
Vivienda informal en su tercera etapa. Image © Mauricio Jumpa

La palabra “huachafo” suele entenderse como un insulto, referido a una apreciación estética. El que llama a alguien de huachafo está implicando un cierto “mal gusto” o una inadecuación en el comportamiento o en el modo de utilizar las cosas. La persona que “huachafea”, a su vez, se coloca en un plano superior; cree tener mejor gusto y el derecho de juzgar.

Son estas connotaciones subjetivas e interpersonales las que han hecho que el término no sea muy acogido al hablar de cultura, arte o arquitectura. La palabra es entendida como un insulto, una ofensa y, por qué no, una distinción entre diferentes categorías, si no sociales, culturales. 

Es precisamente por estos aspectos socio-culturales que se escogió hablar de arquitectura huachafa, en lugar de arquitectura chicha. El término chicha – que designa a una bebida alcohólica producto de la fermentación de maíz u otros cereales – ha sido adoptado para definir una cultura híbrida, urbana, producto de la combinación de estilos contemporáneos y tradicionales. Lo que empezó designando un género musical, puede referirse ahora a la publicidad, al arte, a la moda e incluso a la política (Hildebrandt 1994, 127). Es, entonces, un término ampliamente aceptado y difundido. Sin embargo, frecuentemente se refiere sólo a aspectos formales y no a las motivaciones socio-culturales detrás de los eventos estudiados.

El término huachafo es conflictivo, precisamente, porque ofende y pone en relieve esas diferencias sociales que se encuentran en la raíz de muchas de las diferentes producciones culturales de nuestro medio.

Al hablar de arquitectura huachafa, entonces, no se busca sólo una descripción formal de los ejemplos analizados sino, sobre todo, un entendimiento de las razones detrás de la elección de un material sobre otro, o de la adecuación de una forma en particular.

© Cristina Dreifuss
© Cristina Dreifuss

¿Por qué no nos gusta la ciudad informal?

En la actualidad son cada vez más los cursos en las escuelas de arquitectura y los conversatorios, dentro y fuera de ellas, que tratan el tema de la ciudad informal. Una década atrás, el tema era tópico de sociólogos, economistas o políticos en campaña y eran muy contadas las experiencias ligadas a la arquitectura que hacían un serio estudio sobre la arquitectura de las periferias, más allá de estudios urbanos que apuntaban a su integración a la “ciudad formal”.

Desde la década de 1940 Lima creció de modo informal y los arquitectos poco participamos en este proceso. Como en otros períodos de la historia de la humanidad, se entendió que el arquitecto era quien elaboraba grandes y costosas obras (Kostof, 2000 [1977]), y el hecho que gran parte de la vivienda popular fuera producto de la autoconstrucción fue ignorado.

Vivienda informal en su etapa inicial. Image © Mauricio Jumpa
Vivienda informal en su etapa inicial. Image © Mauricio Jumpa

Dentro de discursos como el elaborado y repetido por los seguidores del movimiento moderno, una arquitectura de este tipo no tiene cabida. El arquitecto debe diseñar viviendas cuidadosamente ceñidas a cánones estéticos y formales establecidos. Lo que se escapa a estas reglas, escapa también el interés de muchos de los profesionales. 

En la actualidad, una serie de situaciones hacen que sea irrisorio pretender que la arquitectura como disciplina continúe ignorando la producción de la ciudad popular. Es evidente, en primer lugar, que el paso del tiempo ha convertido esas pequeñas casitas de esteras en edificios de cuatro pisos, de materiales nobles; simultáneamente, los antes llamados “pueblos jóvenes” son ahora distritos pujantes, integrados a la ciudad moderna; por último, muchos de los descendientes de esas primeras generaciones de migrantes han conseguido mejorar ampliamente las condiciones económicas familiares y se han trasladado a distritos más tradicionales, llevando consigo sus preferencias formales. A esto se suma la proliferación de escuelas de arquitectura y una situación económica que ha llevado a que esta deje de ser una profesión de élite. Los estudiantes y jóvenes profesores, muy frecuentemente, provienen de entornos informales y viven en casas huachafas.

Vivienda en Chiclayo. Image © Fabio Rodríguez
Vivienda en Chiclayo. Image © Fabio Rodríguez

La historia nos ha enseñado que la tabula rasa no funciona. La arquitectura huachafa ha llegado para quedarse. La vivienda cuidadosamente diseñada por un arquitecto con años de formación y, aparentemente, gusto impecable, es una excepción dentro de un mar de espontaneidad producto del gusto popular y de la informalidad en la arquitectura. 

Y nos está costando trabajo, desde la disciplina, formular una postura al respecto. No sabemos cómo convivir con la arquitectura huachafa y pocas veces nos atrevemos a ver en esta un lugar para nosotros, los arquitectos.

¿Qué es lo huachafo en la arquitectura?

Existen, en un evidente primer lugar, las variables formales en la arquitectura huachafa. Son producto de una combinación de materiales, elementos y recursos compositivos que se percibe como inadecuada. Un ingreso en cerámicos que imitan madera es huachafo, un balcón con ventanas redondeadas y tejas coloniales también puede serlo, como los rombos en la fachada pintados de verde intenso. La combinación de estos tres en una sola casa es, sin duda, chocante. Hay algo de recargado, de inadecuado, y, sobre todo, de una vaga familiaridad mal lograda. Los creadores del huachafo, muy frecuentemente, imitan elementos tomados de la arquitectura “formal” y los adecúan a sus propias condiciones económicas y físicas. El resultado es reconocible, pero puede ser grotesco en proporciones o en los materiales con los que ha sido hecho. 

© Cristina Dreifuss
© Cristina Dreifuss

Y es esto lo que nos lleva a aquello que no es tan reconocible: las razones de ser del huachafo.

El uso del huachafo nace de la necesidad humana universal de decorar y hacer propio un espacio. Muchos modelos de la arquitectura contemporánea son abstractos, simples en forma e incluso difíciles de entender. Se prefiere, en su lugar, la acumulación de símbolos familiares – el ingreso, la ventana, la cortina, el techo a dos aguas – y el resultado final es una suerte de horror al vacío manifestada en el uso de muchos elementos que, ya sea por sus características formales que por sus características simbólicas, contribuyen a llenar el espacio y, según el pensamiento del usuario, hacerlo más rico. Esta es la primera premisa social que se desprende del huachafo: el enriquecimiento de la experiencia por medio de la combinación de un gran número de recursos formales y estilísticos que dejen poco lugar al espacio libre. Se prefiere la mezcla de colores y materiales, la multiplicidad de usos de un mismo objeto y la combinación de muchos objetos de diferentes procedencias.

© Cristina Dreifuss
© Cristina Dreifuss

Un segundo factor tiene que ver con el recuerdo y la evocación de ciertas experiencias. En la elección de un objeto sobre otro los factores afectivos pueden llegar a tener más importancia que las características formales o funcionales. Escogemos cosas que nos gustan – o parecen gustarnos – porque nos son familiares y nos llevan a recordar otras cosas. 

Estos elementos evocadores pueden referirse, por un lado, a características de la ciudad moderna que se quieren imitar, o pueden tener orígenes en el imaginario andino o amazónico de los lugares de procedencia de las familias. 

Vivienda informal en su segunda etapa. Image © Mauricio Jumpa
Vivienda informal en su segunda etapa. Image © Mauricio Jumpa

Un tercer tipo de elemento proviene directamente del barrio en proceso de consolidación. Nuevamente con la intención de pertenecer, los vecinos se copian entre sí y se establecen modas en elementos arquitectónicos y materiales.

La arquitectura producida en base a estos procesos queda investida de características sumamente subjetivas y personales, ligadas a las historias familiares de sus habitantes, que trascienden a la forma y que, por lo tanto, la hacen singular desde el punto de vista del usuario (Dreifuss Serrano, 2013).

El hecho que la vivienda sea progresiva añade una dimensión de complejidad. Los primeros pisos muchas veces son terminados de un modo funcional y a veces austero. Los niveles superiores, que corresponden generalmente a una situación económica y urbana más consolidada, presentan mayor decoración a través de símbolos. El hecho que sean varios miembros de la familia, pertenecientes a más de una generación y poseedores de distintas preferencias y valores, produce un resultado final que no responde al gusto de un solo usuario, sino a combinaciones en el tiempo. 

Vivienda en Arequipa. Image © Cristina Dreifuss
Vivienda en Arequipa. Image © Cristina Dreifuss

¿Aprender del huachafo?

En junio del año pasado, la revista Architectural Review publicó un artículo titulado “New Andean”. Completo con fotografías, se describe la obra de Freddy Mamani Silvestre, arquitecto autodidacta de El Alto, Bolivia, que ha puesto de moda una nueva arquitectura cuyos edificios son coloquialmente llamados “cholets”. Las formas son una combinación de elementos tradicionales aymaras y quechuas, criterios compositivos contemporáneos y un sinfín de colores y recursos casi teatrales de diversas procedencias. 

La publicación del artículo generó una breve polémica entre arquitectos locales, sobre si estos ejemplos son o no arquitectura y hasta qué punto esta es relevante o simplemente anecdótica. Se coincidió que, efectivamente, esto no merece la categoría de arquitectura. Llama la atención, sin embargo, la opinión de críticos como Elisabetta Andreoli, quien dos años atrás ya había reportado el fenómeno concluyendo que “puede que no pase mucho hasta que seamos capaces de ver a la ciudad de El Alto con nuevos y sorprendidos ojos. Porque su arquitectura nos reta a pensar cómo la forma establece una identidad, cómo lo heterodoxo puede complicar la regla y el parámetro establecidos y cómo una nueva apreciación del comercio puede hacer que nuestras propias leyes y límites se vuelvan más flexibles. Deberíamos aprender, entonces, a dar un festín de color a nuestros monocromáticos ojos, y en el proceso, llegar a amar una diferencia.” (Andreoli, 2013, pág. 45).

Edificio en Bolivia, por Freddy Mamani. Image © Alfredo Zeballos
Edificio en Bolivia, por Freddy Mamani. Image © Alfredo Zeballos

El fenómeno se está multiplicando, y esto sólo hace eco a lo que ocurre en otras disciplinas, donde pintores como Christian Bendayán e ilustradores como Eliott Túpac, por no mencionar a músicos y chefs, han colocado en el mercado cultural una serie de producciones mestizas, chichas, huachafas. Lo producido, ahora de moda, ha pasado por una cuidadosa capa de refinamiento, pero los orígenes son similares a la arquitectura descrita líneas arriba. Túpac ha mencionado (CR, 2010) cómo sus carteles empezaron siendo publicidad para grupos de cumbia y cómo el origen formal de estos tiene como referencia a los tejidos Huanca. Lo social, la lucha, los intentos de pertenecer y no olvidar, son parte de su historia familiar y sus piezas, que hoy pueden comprarse a altos precios, son producto de una excepcional historia de éxito y aceptación.

¿Por qué esto no es factible en nuestra arquitectura huachafa?

Las pocas respuestas que esa pregunta puede suscitar no hacen sino generar aún más preguntas. Creo que se debe empezar por admitir nuestra reticencia a abrazar el fenómeno en toda su complejidad socio-cultural. ¿Por qué nos es tan difícil reconocer a lo huachafo con respeto y, en el proceso, reconocernos a nosotros mismos como huachafos? Finalmente son huachafas las columnas dóricas al ingreso de una casa contemporánea en San Isidro del mismo modo que lo son los relieves con forma de flores en una fachada en Manchay.

Vivienda en Manchay. Image © Cristina Dreifuss
Vivienda en Manchay. Image © Cristina Dreifuss

De ahí se desprenden preguntas con respecto al rol del arquitecto frente a esta situación. ¿Nos compete inmiscuirnos? ¿No sería mejor dejar que toda esta arquitectura siga floreciendo y limitarnos a los pocos espacios, casi utópicos, en donde se nos deja ejercer a nuestras anchas? La respuesta a esta última pregunta parece ser un rotundo no, pero queda poco claro el rumbo a seguir.

¿Hasta qué punto la voluntad del arquitecto debe primar sobre la del habitante? ¿Es nuestra misión “educar” a quienes no saben nada de arquitectura? ¿Cómo debe suceder esta “educación”, si la mayoría de estas familias no sienten la necesidad de nosotros o nuestra disciplina?

Queda clarísima la brecha entre el arquitecto y un gran porcentaje de la población que no conoce su existencia o poco le importa. La arquitectura huachafa, hecha por los mismos habitantes constructores, alcaldes bienintencionados o promotores privados, se enfrenta a lo producido al interior de las universidades, a lo que algunas figuras locales del medio publican en revistas y a lo que se enseña en la mayoría de escuelas de arquitectura.

Edificio en Chivay. Image © Cristina Dreifuss
Edificio en Chivay. Image © Cristina Dreifuss

¿Es mejor tomar partido por la opinión académica o, por el contrario, se debe respaldar el gusto popular? Y puestos frente a este enfrentamiento, ¿por qué existe una distancia tan abismal entre una opinión y la otra?

El estudio de las motivaciones en la arquitectura autoconstruida nos coloca frente a profundas motivaciones humanas, personales y colectivas, que pocas veces han tenido cabida en el quehacer del arquitecto. Los elementos formales que se desprenden podrían casi ser leídos como manifestaciones del inconsciente. Estas respuestas tienen mucho que enseñarle a la arquitectura, como un vehículo de entendimiento y expresión del ser humano.

Luego de la comprensión, la arquitectura bien podría volverse un vehículo de integración de los grupos que conforman nuestra ciudad contemporánea. Se trata de un ejercicio de tolerancia, que empieza por entender que nuestra verdad no lo es tal, sino un conjunto de opiniones relativas y que, aquello que se ha estado produciendo en paralelo, puede enseñarnos más de una cosa.

Hotel Palacio Dorado, por Octavio Chuquiruna. Image © Eleazar Cuadros
Hotel Palacio Dorado, por Octavio Chuquiruna. Image © Eleazar Cuadros

Referencias

- Andreoli, E. (2013). Learning from El Alto. AA File, No 67, 40-45.
- CR (Dirección). (2010). Creative Review goes Chicha [Película].
- Dreifuss Serrano, C. (2013). La estética (del huachafo) en la arquitectura limeña contemporánea. Roma: Tesis para optar por el grado de Doctora en Arquitectura. Università degli Studi di Roma, La Sapienza.
- Hildebrandt, M. (1994). Peruanismos. Lima: Biblioteca Nacional de Perú.
- Kostof, S. (2000 [1977]). The Architect. Chapters in the History of the Profession. Berkeley: University of California Press.

Cita: Cristina Dreifuss Serrano. "¿Qué es lo huachafo en la arquitectura?" 03 may 2016. ArchDaily Perú. Accedido el . <http://www.archdaily.pe/pe/786643/que-es-lo-huachafo-en-la-arquitectura>