Zócalo Capitalino: conciertos gratuitos, proselitismo y resistencia en la Ciudad de México

Estar presente se ha vuelto la nueva moneda de cambio, otra manera de acumular un capital simbólico, y una nueva forma de refrendar un estatus. En su momento, comenzó con el repentino y rápido crecimiento de afluencia a museos, y con la evidente concurrencia en zonas específicas de la Ciudad de México. Se podría abordar una problemática que nos aqueja actualmente: la gentrificación y el desplazamiento forzado.

No obstante, es importante que primero nos cuestionemos por qué la estadía sólo está permitida para algunas personas o grupos sociales bien determinados. El ocupar espacios, y el acceso a estos, se decide mediante algunas variables —atravesadas por la clase, raza y género— a considerar. Éstas están regularmente asociadas con la blanquitud y quién posee el capital económico, social y cultural.

Esto no sólo ocurre con el espacio público y la vivienda, también sucede con la oferta cultural y el entretenimiento. Se ha ido construyendo una jerarquía respecto a los eventos relacionados con el arte y la cultura; esta establece quiénes pueden organizarlos, quiénes pueden asistir y quiénes son o no son capaces de pagar por ellos.

Sin duda, es una problemática que muchas veces no queremos señalar o abordar abiertamente; dicho señalamiento obliga a ser conscientes de las desigualdades sociales, y las dificultades que son propiciadas por el sistema económico en el que estamos inmersas.

¿Si vamos a alcanzar boletos?

En los últimos meses se ha ido gestando una inconformidad colectiva respecto a los conciertos y lo complicado que se ha vuelto el poder asistir a estos. Recordemos lo estrepitoso que fue el primer concierto de Bad Bunny en el Estadio Azteca; el evento orilló a la famosa compañía boletera a implementar nuevas medidas de compra-venta para no ser señalada como una boletera que ejerce prácticas bastantes cuestionables.

La oferta y demanda no paró, inclusive aumentó, algo entendible después de una emergencia sanitaria que nos privó de estar presentes. Ahora bien, no todos los conciertos para ser considerados legítimos y relevantes tienen que venir desde una gran empresa promotora de eventos; tampoco llevarse a cabo en recintos bien instaurados con concesiones por parte del gobierno para poder funcionar.

Los eventos gratuitos y multitudinarios en el Zócalo abrieron una discusión bien necesaria y requerida. Gracias a detractores y partidarios se reflexionó sobre el impacto de los conciertos masivos: se denunció cómo es que ya operan como una nueva forma de proselitismo por parte del gobierno en turno. También, como una opción asequible para vivir un concierto sin tantas complicaciones. Sin embargo, el asistir a un evento exento de pago trastoca más de lo que se podía pensar.

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Escuchar, no es obedecer

En 2006, Manu Chao se presentó en la plancha del Zócalo y no fue solamente un simple recital; marcó a todos los asistentes. Dejó como precedente que, la escucha siempre es colectiva, y una amenaza cuando se encausa para reposicionar o cuestionar al status quo.

Le siguió la presentación de Roger Waters (2016); en esta denunció y señaló algunos sucesos donde la violencia, omisión y negligencia del Estado han causado estragos en el entramado social. En su momento, lo hicieron Café Tacvba, Panteón Rococó, Caifanes y la Maldita Vecindad sobre un escenario frente a Palacio Nacional y la Catedral. Ante grandes audiencias, aún sin utilizar el alcance de redes sociales ni el uso de dispositivos tecnológicos avanzados. Simplemente se estaba presente, y se acontecía.

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El posicionamiento respecto a la justicia social también se da en los espacios de esparcimiento y ocio. David Byrne explica en su libro Cómo funciona la música (2012) cómo lo musical y su ejecución en vivo se adecuaron al entorno sónico y social del momento para poder ejercer la escucha. Y no sólo eso: el espacio y la dinámica de los intérpretes musicales configuran el compartimiento del público.

No existe una forma adecuada de vivir un concierto. Antes de 1900, la gente se reunía para hacer vida social durante la presentación musical ya que se podía hablar, beber, comer, bailar y gritar sin restricción alguna.

Con la música clásica instaurada como la tradición y el canon, aunado a las nuevas salas de conciertos pensadas para ser designadas a una cierta modalidad —donde el espectador se postraba en un asiento frente al escenario—, y construidas para tener una buena acústica, los escuchas se volvieron pasivos. Ya no tenían permitido hacer algo más que sólo contemplar y escuchar con atención.

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¿Y la justicia social? ¿Y la consciencia de clase?

Alex Ross determina que gracias a este cambio, se delimitó quienes podían asistir a las nuevas salas de conciertos y de ópera. Esto propició que las ‘clases bajas’ quedarán desplazadas. La música que en un momento estaba disponible para ser escuchada por todes, terminó por convertirse en algo exclusivo de las élites. Lo que sigue ocurriendo hasta nuestros días.

No todos los entusiastas de la música pueden costear un boleto, ni permitirse tener una tarjeta bancaria para poder hacer la compra. Es más, no se tiene el tiempo libre para poder asistir entre semana a los eventos; inclusive los trayectos también suelen ser problemáticos por la movilidad y el transporte deficiente.

Por lo tanto, los eventos multitudinarios en el Zócalo ofrecen la oportunidad de ver a los artistas que aceptan presentarse. Ellos logran romper récords de audiencia y generan ruido en redes sociales logrando resonancia para su beneficio. Nadie pierde, todes ganamos. El Estado se está beneficiando, por supuesto que sí. Un concierto puede ser utilizado como una expresión de soft power para construir una imagen aceptable de la administración actual.

No es lo mismo un concierto de Shakira, Paul McCartney o Justin Bieber organizado por el gobierno, que un show de Natanael Cano, Peso Pluma o de cualquier exponente de corridos tumbados.

Asistir no es lo mismo que experienciar

También es importante recalcar que abrir espacios con este fin tiene que ver más con la manipulación y control que con una lucha de clases; y es que esto se acciona a través de las identificaciones. Las insurrecciones o movimientos sociales han sido gestados por los jóvenes. No es sorpresa que la ex-jefa de gobierno se asesorará y gestionará un evento de la Rosalía; un ícono para las nuevas generaciones —cercanas a poder ejercer su derecho al voto—, y que se pensó para ciertos sectores sociales con el fin de ganar adeptos.

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Las personas que acuden a estos eventos no siempre son fanáticos, y no tendrían por qué serlo. Se puede escuchar, ver y disfrutar sin conocer previamente. Es importante ocupar espacios porque nos hacemos conscientes de lo que ocurre a nuestro alrededor. Qué yo hubiese deseado haber visto a los Tigres del Norte, a los Ángeles Azules o a Vicente Fernández en su momento.

A su vez, podríamos hablar de la recuperación de espacios y de las nuevas iniciativas con respecto a las industrias culturales y la gestión de la producción cultural en tanto al espacio (Paredes, 2008). No es lo mismo un concierto de escena subterránea o un evento de escena alternativa independiente, sostenidos gracias a prácticas económicas informales o economías alternativas. Donde la autogestión puede ser una opción y otra posibilidad —bastante solidaria con el trabajo creativo— ante el capitalismo.

Sin embargo, estos eventos no tienen la misma difusión que un concierto pensado para retribuir a la economía de una industria cultural; donde la propiedad privada y los derechos de autor son imprescindibles para sostener el monopolio cultural.

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¿Cómo se te ocurre que algunos son elegidos, y otros son para el descarte, ambiciones de poder?

Los conciertos en el Zócalo discurren entre ser un evento gestado en un circuito oficial donde la promotoría —cultural— asegura un ingreso, especula y guía los cambios político/electorales. A su vez, se manifiestan y performan como resistencia para constreñir y hacer frente a los eventos que son inaccesibles para ciertos grupos sociales.

El Estado se ha empeñado en mantener y reforzar las desigualdades —económicas, sociales, educativas y culturales—. Esto, para mantener el sistema ya establecido en cierto orden para poder seguir operando con el fin de obtener los beneficios de siempre.

Y ante su negativa para generar una reestructuración o un cambio significativo en el entramado social, la organización de eventos musicales es una opción considerada para que las personas puedan disfrutar el momento, y olvidar el ritmo apremiante en el que vivimos. Un ratito de alegría nos hace olvidar que estamos alienados, mientras cantamos y bailamos.

Siempre se recrimina la toma de calles alrededor del Zócalo, y la explanada, y siempre se vierten opiniones o sentencias cargadas de racismo y clasismo. Al igual que ocurre con las manifestaciones, el espacio público siempre está expuesto a ser modificado. Sin embargo, siempre se pone por encima la integridad de los negocios que se encuentran en ese cuadrante.

Sucedió en el más reciente evento: Los Fabulosos Cadillacs. Se rompió el récord de afluencia. Y también se denunciaron empujones, botellazos y altercados entre la gente situada en balcones de edificios cercanos y los asistentes que se encontraban en la plancha; dejando a relucir una diferenciación de clase bien determinada. Entre quienes pueden pagar por una zona preferente, apartada y más segura; y quiénes tienen que acceder a una zona general por qué no tienen otra opción.

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La revolución de las conciencias

Si los conciertos masivos son un botín de los políticos o una forma de manipular para las pre-candidaturas ya no es relevante ni resolutivo. Es preferible que se invierta o desvíe lo que se tenga que desviar para propiciar un espacio de esparcimiento a la gente; aquella que quiera tomar y apropiarse del espacio público. Sí, como otra forma de proselitismo, pero dejando de ser tan rancio y el de siempre: con apoyos económicos y despensas.

Y qué al final, el mismo Estado propicia que la gente tenga la necesidad de intercambiar un voto por algo; alguna cosa que le ayude a cubrir sus necesidades básicas, pensando que la democracia funcionará.

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Y que si Grupo Firme congregó a ‘ciertas’ personas, que sí la Rosalía llenó el espacio. Que sí traen a Sonido la Changa y Sonido Pirata con el Medio Metro. O que sí van a traer a Manu Chao otra vez porque ya no es persona non grata. Y que ahora sí van a traer a Bad Bunny, realmente da igual.

Qué en este sistema económico, las cosas gratis están bien padres, y se aprovechan. Al final, siempre cuesta más el caldo que las albóndigas, pero tampoco se vale dar un alón y comerse la pechuga. Y sobre todo, a caballo regalado no se le mira el diente.

Este artículo forma parte de una colaboración y fue originalmente publicado en el sitio web coolhuntermx.

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Sobre este autor/a
Cita: Sofía Manzano. "Zócalo Capitalino: conciertos gratuitos, proselitismo y resistencia en la Ciudad de México" 26 jul 2023. ArchDaily Perú. Accedido el . <https://www.archdaily.pe/pe/1004490/zocalo-capitalino-conciertos-gratuitos-proselitismo-y-resistencia-en-la-ciudad-de-mexico> ISSN 0719-8914

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